Madrid, Abril 2003.

Terapia individual con Interno Antonio en Centro Penitenciario.

Cumpliendo Pena de Prisión por: agresiones sexuales múltiples (según él, cometió más de 150 violaciones)

Ese día tardaron en sacar a Antonio más de media hora. Así que me dediqué a husmear un poco por el aula. Había algunos libros de matemáticas, de naturales, de lengua y de Sociales. Algunos me sonaban, y otros claramente los reconocía de cuando era niña.

Últimamente siempre llamaban a Antonio el último. Mis compañeras ya llevaban media hora de terapia y yo nada, cotilleando el aula que me habían asignado. Era como todas, demasiado grande, demasiado vieja, y demasiado fea.

Antonio entró con un funcionario pidiendo perdón. Le pedí al funcionario que no cerrara la puerta con llave. Últimamente lo hacían siempre porque no había personal suficiente, para estar pendiente de que no entráramos ni saliéramos. Pero nunca había personal suficiente.

Antonio se sentó e inmediatamente se puso a llorar. Era increíble ver cómo un hombre como él, pasaba del llanto a un estado totalmente sereno, con una rapidez asombrosa. Era increíble y realmente interesante. Antonio era un hombre realmente guapo. Alto, corpulento, con unos bonitos ojos claros y una sonrisa inocente y divertida. Un bonito lobito con piel de cordero.

Decía que no sabía por qué lloraba, pero que estaba triste porque no le dejaban acceder a ciertos talleres en prisión. Afirmaba estar muy enfadado con muchos funcionarios. Tras charlar un rato, continuamos donde lo dejamos el último día de sesión, en el que Antonio intentaba recordar violaciones que cometió. Le resultaba realmente difícil, pues, era tal la cantidad de víctimas, que era imposible recordarlas a todas. Unas caras se juntaban con otras, unos llantos con otros, unas persecuciones con otras…

Antonio quiso relatar una violación que recordaba con bastante claridad. Me contó cómo violó a una madre y a su hija. Afirmaba que primero violó a la madre en la parte delantera del coche y, después, encerró a esta en el maletero y violó a la hija. Afirma que escuchaba los gritos de la madre rogándole, pidiéndole que parara.

Antonio relató los hechos llorando. ¿Llorando? ¿llorando de verdad? ¿llorando de dolor, de desesperanza, de rabia, de miedo, de arrepentimiento? no. Antonio solo lloraba, solo hacía que unas gotitas cayeran de sus ojos, pero en su mirada no había nada. NADA.

Recuerdo que ese día le mentí. Le cogí de la mano y le mentí. Le dije que él no era un monstruo. Me pilló. Evidentemente. Me pilló y bien pillada. Era increíblemente bueno cazando a los mentirosos. Él era un gran experto de la mentira, del engaño, de la manipulación. Había engañado a grandes profesionales de la Psicología, a grandes expertos en Criminología, había seducido a guapas trabajadoras.

Un bonito lobito con piel de cordero que finalizó su pena de prisión. Hoy estará llorando a alguien, hoy estará mintiendo a alguien, hoy estará destrozando a alguien, aunque ni le toque, aunque ni apenas le roce.

Los nombres de los internos y de las víctimas han sido modificados, así como las fechas y algunos lugares.

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