Guardar silencio no siempre es una elección. En este artículo comparto una experiencia profesional que muestra cómo los menores preescolares procesan y expresan lo vivido, incluso cuando se trata de algo tan grave como un abuso sexual.
“A esos no los toco porque son unos chivatos”
“A esos no los toco porque son unos chivatos” me dijo un interno al que vamos a llamar Francisco.
Francisco abusó de una menor de 3 años y 1 mes. La pequeña dijo a sus padres lo que había hecho con Francisco según entraba por la puerta de su casa con Francisco de la mano.
Los padres no creyeron a la niña, pues les pareció muy raro que lo confesara inmediatamente después de que sucediera y además delante de Francisco. También les pareció aún más raro que lo contara sin tristeza, enfado o pena. Lo relató igual que podía relatar a lo que jugaba en la guardería.
Por supuesto, nadie denunció a Francisco. A los tres meses volvió a actuar, pero esta vez fue más cauto. Ya no abusó de una niña tan pequeña, pues afirmó, refiriéndose a menores de 3 años: “A esos no los toco porque son unos chivatos”.
El desarrollo cognitivo y la capacidad de guardar secretos
Francisco empezó a abusar de menores de 6 años que ya sabían guardar secretos, pues como bien me dijo él: “ya tenían desarrollada la teoría de la mente”.
Recuérdese que a los 3 o 4 años los niños generalmente no pueden guardar un secreto, pues carecen de la comprensión necesaria tanto del concepto de secreto como del autocontrol emocional para mantenerlo.
Reflexión profesional desde la psicología forense
Por desgracia, le debo esta historia (distorsionada y modificada) a “Francisco”. Siempre lo digo: ni el mejor de los artículos científicos me ha enseñado tanto sobre el abuso a menores como las horas que he pasado con los abusadores en prisión.
Comprender cómo expresan los niños lo que han vivido es fundamental para saber escucharlos, creerles y actuar. Los más pequeños sí hablan. A veces no con palabras adultas, pero lo dicen.





