Madrid, noviembre de 2003

Terapia grupal con Internos cumpliendo Pena de Prisión por: asesinato, agresión sexual, abuso de menores y terrorismo.

Pues sí. Ese día justo se fue la luz. Eran cerca de las 6 de la tarde. Levábamos una media hora de terapia y aún nos quedaba otro rato más hasta la hora de cenar.

Tenía a 10 internos delante de mí, con algunos de los delitos más terribles de la historia de la Criminología en España y se va la luz. Y yo, intentando parecer tranquila, con mi 1,60, mis veinti y muy poquitos, y mis apuntes debajo del brazo…

Justo esa tarde me había llamado el Sub Director a su despacho. Me había preguntado si no podían mejor mandar a algún chaval. Que yo era muy maja y muy responsable y hacía los Informes muy bien y bla bla bla, pero que claro, que él como padre que era, pues que prefería que mandaran a un chico. Le dije de la más manera más educada que pude, que había una compañera que era muy, muy, pero que muy fea y que tenía un bigote enorme, que si le parecía una buena opción. Cambió de tema. Ahora, que han pasado tantos años, me pregunto si me volvería a hacer la misma sugerencia. Nunca lo sabré.

Bien, el tema es que se fue la luz. Y Andrés, uno de los internos que más manejaba, me tranquilizó diciéndome que no me iba a pasar nada. Que él no permitiría que nadie me tocara.

  • Anda, Andrés, no asustes a la muchacha- Dijo José, un interno que rondaba los 70 años- Se va la luz mil veces Ruth, ni te preocupes. Solo que el sistema de seguridad falla, pero aquí no va a entrar nadie.
  • ¿sistema? ¿qué sistema? pero ¿qué tiene que ver la luz con la seguridad? ¿si se va la luz qué pasa? – pregunté.
  • Nada, nada, qué va a pasar Ruti-dijo Juan. Estos cafres que no saben nada de cómo funciona el centro y solo te quieren asustar.
  • Ah, vale, genial, entonces solo me queréis asustar. Pues me quedo mucho más tranquila.
  • ¿tienes miedo Ruti? – dijo Alfredo, que se había situado justo a mi espalda, sin que yo hubiera notado ni que se acercaba.
  • Alfredo, no te marques un Hannibal Lecter y deja a la chica- dijo Juan
  • Bueno, pues vamos a continuar donde estábamos entonces. A ver…la página 30. Lo de las emociones. ¿pero qué emociones ni qué leches? ¿vosotros tenéis emociones?
  • Sí, Ruth, sí, algunas- afirmó Andrés.
  • Vale, pues vamos a empezar por ahí, decidme qué emociones sentís y me contáis cuándo y dónde y por qué.

Esa tarde algunos internos me contaron emociones, otros las confundieron y otros ni siquiera tenían muy claro cómo era una emoción. Cuando ya me iba, volvió la luz. Apunté en mi cuaderno lo que sucedió ese día y esperé a mis compañeras, mientras me terminaba el trozo de bocata de mortadela que me había traído un etarra a la biblioteca, antes de empezar la sesión.

Los nombres de los internos y de las víctimas han sido modificados, así como las fechas y los lugares.

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